Un día de estos tengo que contaros con calma cuánto anduvimos en bici por Terschelling y Vlieland, islas del Mar del Norte, donde pasamos sendas semanas de vacaciones. Cómo perdí mis gafas en el fondo de un lago y cómo volví a encontrarlas, lo bien que comimos en el Armhuis y en nuestras casitas todas las noches, cómo Iago aprendió a usar la risa falsa para engatusar a las damas y a tocar el piano con mucho arte, que encontré una "barra gallega" en la única panadería de Vlieland, hablaros del viento que hizo, de la visita de Silvia, Mirella y Antonio, de las prácticas de tiro de los cazas del ejército en la playa, y de lo bien que lo pasamos yendo a jugar al cementerio. Pero mientras encuentro tiempo para todo eso (ahora tengo que limpiar la casa, que mis padres están a punto de llegar), os dejo aquí un enlace a las fotos, para los que no las hayáis visto ya en el Facebook.
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| Verano 2009 |

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Yo sí que puedo contarte aquel año que fui en viaje de estudios a Hastings. Ya el prmer día se organizó un partido de fútbol. Yo, hombre temeroso, dejé mis gafas junto al poste de nuestra portería. Al acabar el partido ya no estaban. Lo primero que sentí fue que me caería una bronca por perder las gafas nuevas. Pero pronto se me olvidó. Y pasé los días sin gafas, tan a gusto. que yo soy hipermétrope y mientras no lea, veo de maravilla. Los partidos continuaron el aquel campo de césped. Decidimos celebrar la despedida con último partido. Me gustaba correr la banda y centrar al área. En una de esa ocasiones, los defensas consiguieron sacar bien el balón y en pocos segundos se plantaron en nuestra área. Yo veía la jugada desde el otro lado. Y de repente, mientras volvía a mi posición, un destello sobre el césped hizo que mi corazón diera un vuelco. Me acerqué y em mitad del campo encontré mis gaficas. Retorcidas, llenas de barro, pero con lo cristales intactos. Las lavé, llevé a su postura original patillas y lentes y me las puse ceremoniosamente. No veía nada, hasta pensé que no fueran las mías. Me las quité y las volví a mirar. Sin duda, eran las mías. Me las volví a poner. Es que algunas gafas tienen mucha querencia por sus amos.
Besos a la familia y me alegro de que disfrutarais de las vacaciones.
Yo os hablaría de aquellas gafas recién compradas que mi hermano Jorge, por aquel entonces apenas tres años, arrojó por el balcón nada más ponérselas.
Y os contaría que a los dos minutos las gafas habían 'volado', porque por aquel entonces en Granada el que necesitaba gafas, las cogía de donde fuese aunque estuviesen graduadas para otro... (¡mira qué bien, unas gafas!)
Yo me sentía como Gollum, buceando y rastreando el fondo arenoso del lago. Pero sí, afortunadamente algunas gafas vuelven a sus señores, cual anillo único. No puede ser sólo mérito de la persistencia, hay algo de magia en ello.
¿Las gafas? Están sobrevaloradas. Yo llevo 9 años de miopía, intentando unas hipótesis mías sobre rehabilitacion ocular que por ahora no pasarán de ahí. Pero aquí sigo, antes cegata que desconjuntada, el maravilloso relato de mi marido demuestra que vemos lo que queremos...
Y a vosotros (Josiño, Mara, Iago) os veo muy pero que muy bien!!
Bienvenidos al blog de nuevo, qué gusto da leeros.
Cada vez que veo la primera foto (los Viña con la cabeza tapada) se me sale la lagrimilla. ¡Pero qué monos estais! ¡Pero qué mono es Iago!
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