
El viernes 25 de abril nos fuimos a cenar con Jaime y Encarna en Berkeley, y ya que estábamos pues nos quedamos dos semanas estupendas visitando California, Nevada y Arizona, toma ya chúpate esa.
Yo no sé si habría ido nunca de vacaciones a California si no hubiese tenido una excusa tan buena, pero la verdad es que nos fascinó, que diría Álex. Es un estado impresionante. Para que se hagan una idea de las proporciones: piensen un momento en España (si es que esa noción se les puede ir de la cabeza un solo instante) y llévenla, con todas sus variaciones geográficas, al Far West mirando al Pacífico. Casi tan grande como España misma es California (en superficie sólo un 15% menos, en población un 19% menos). No digo yo que sea lo mismo: España es más Grande, está científicamente comprobado, y además como en España no se come en ningún sitio, ni hay allí tanta riqueza cultural ni variedad lingüística, tan útil para ponernos a parir los unos a los otros y hacer chistes a costa del vecino, o para nuestros monólogos, que decía El Roto. Y todo eso, digas que no, te alegra la vidilla. Pero aún así California está muy bien.
Conducir es una delicia, por ejemplo. Todo está divinamente señalizado, y sabes con decámetros de antelación con qué calle te vas a cruzar y si te interesa girar entonces o no. En muchos cruces todo el mundo tiene un stop, por todas partes, así que todo el mundo tiene que parar por narices y si no multón que te cagas. El primero que pare es el que tiene preferencia. No me digan que no es genial. Y siempre se puede girar a la derecha, aunque tengas el semáforo en rojo, sólo que entonces, claro, la preferencia la tiene el que venga cruzado. Además los coches son automáticos, lo que si bien es un engorro en carretera de montaña, en ciudad con cuestas, semáforos y stops es una comodidad. Lo digo sin complejos, que uno no es menos macho por querer prescindir a veces del cambio de marchas. Además te sobra un pie, que algunos llegan a llevar incluso apoyado en el salpicadero como si estuviesen en el sofá de su casa.
Lo malo es que, a pesar de estar tan cerca de México y de haber sido mexicanos un tiempito, la comida no la tienen muy elaborada, y salvo las hamburguesas (que en algunos lugares son excepcionales) no tienen gran cosa autóctona, ni siquiera lo mexicano lo hacen bien. Así que hay que recurrir, como en los Países Bajos, a la cocina exótica de tantos y tantos inmigrantes. Es una pena, porque tienen unos ingredientes de impresión, verduras, frutas, carne y pescado estupendos, pero en el procesado se pierden. Nos faltó ir a un restaurante de carnes, porque como Mara en su estado no puede comerla poco hecha, tampoco hicimos muchos esfuerzos, tantas otras cosas había que probar.
Tras pasar un fin de semana con Encarna y Jaime por los alrededores de San Francisco alquilamos un coche y nos fuimos a recorrer el estado, que tiene paisajes impresionantes. En un par de días de mucho coche pasando por dos parques nacionales (Yosemite y Sequoya) llegamos a Las Vegas, Nevada, para alojarnos dos noches en el hotel Excalibur, agárrate que hay curva:
Allí nos vinieron a buscar en autobús a la mañana siguiente para llevarnos a un aeropuerto cercano, para tomar un avioncito para llegarnos hasta Arizona, bajar en helicóptero al fondo del Gran Cañón, montar en un barquito para navegar el río Colorado, de nuevo para arriba en helicóptero, en autobús hasta un mirador de quitar el hipo donde nos dieron de comer, de nuevo a Las Vegas en avioncito, y al hotel en fregoneta. Un día completísimo. En el viaje de ida en avión me acordé de Antonio y de cómo no habría podido ir ahí sin morirse: sudores fríos del mareo de los meneos en un día ventoso en que a punto estuvieron de cancelar los vuelos. Pero después el helicóptero fue muy suave, y entre el entrenamiento y las emociones del día el viaje de regreso se nos hizo mucho más llevadero, como un paseo. Eso sí, a la vuelta, tras la comida, parte del pasaje no pudo contenerse y a nuestras espaldas se oían ruidos viscerales y espasmódicos. El bueno del chico sentado delante de nosotros se aisló del mundo nada mas entrar en el avión al volver, se tapó los oídos mirando al suelo, y soportó los cuarenta y cinco minutos de vuelo panorámico sin querer saber nada de nada.
Esa aventura era la verdadera excusa de ir a Las Vegas, porque el juego y el chow no nos atraen demasiado, pero aún así la ciudad es algo que vale la pena ver (de noche), ya que estás.
El camino de regreso por California lo hicimos cruzando otro parque nacional, el desértico Death Valley, donde el mismérrimo Sr. Coyote nos dio una calurosa bienvenida. Luego, por detrás de Yosemite, pasamos el Mono Lake para llegar hasta el impactante hasta las lágrimas Lake Tahoe. No tengo palabras, así que no puedo ponerlas.

De allí, por Sacramento, de vuelta a San Francisco, donde pasamos la segunda semana haciendo turismo de ciudad. Museos, tiendas, calles, y esas cosas, pero también paseos en bici cruzando el Golden Gate hasta Sausalito o por el Golden Gate Park.


Hubo alguna excepción a mis quejas culinarias autóctonas. El clam chowder es una crema caliente con textura y color de vichisuás espesa, con berberechos, que tradicionalmente se sirve dentro de un mollete de pan de masa agria típico de SF. En el muelle 39, tras visitar a los leones marinos que lo han tomado por completo para acomodarse lindamente, lo tomamos bien rico, junto a una parrillada de pescados muy decente. Y las cervezas amargas Indian Pale Ale son bien sabrosas. El vino, que también lo probamos en nuestra visita a una bodega en el valle de Napa, no está mal, pero qué les voy a contar...
Una tarde Jaime nos llevó a ver a su lugar de trabajo, y nos presentó a Tirma, una colega suya que nos hizo de guía en el ALS, un sincrotrón importante.
En una visita al Exploratorium, el museo de las ciencias, fotografiamos a un personaje peculiar. ¿Sabrían decirme quién es este?
Todos los sitios que visitamos están marcados en este mapita:
Las marcas sitúan las fotos seleccionadas que se pueden ver en el siguiente álbum, para deleite y entretenimiento de mi familia y amigos:
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| California |

