2008/02/26

Rey por unos minutos

La semana pasada tuve que ir a Albacete a visitar a unos clientes, quién me lo iba a decir. En la Facultad de Medicina hay pasta gansa invertida, y tienen allí un buen puñado de microscopios bien chulos. Nada interesante que contar aquí del trabajo (era trabajo), pero sí de la extraña sensación de estar en casa sin estarlo. Qué cosa rara que en La Mancha, tan lejos de mis casas y sin nadie que me vincule, donde el acento me resulta nuevo y nada es conocido, todavía encuentro algo que me resulta familiar y despierta nostalgias de cosas que nunca tuve. Eso sí, no me adapto a los horarios caóticos patrios que me dejaron en baja forma durante días: desayunar apenas, comer a las cinco, no saber cuándo se termina, prolongar la cena en typical place con los colaboradores hasta las tantas de la madrugada, hablando de todo mientras damos cuenta de la botella de orujo... es agotador.



Lo mejor del viaje fue que pasé fugazmente por Valencia, dónde sí tengo gente estupenda que me vincula enteramente y donde me sentí más aún como en casa. Antes de que llegase S.M. El Rey pude disfrutar de sentarme en su trono, y luego fue tan espléndido como para prestarme hasta sus zapatillas. Además de la alegría del encuentro celebrábamos que a Vicente, para mayor gloria de la Corona, lo acababan de nombrar Excmo. Sr. Presidente de la Comunidad de Vecinos, y Clara ya estaba planeando sus iniciativas como Primera Dama. Me atendieron como a un príncipe, cenamos pizza (el arroz es un compromiso para el futuro placenteramente ineludible), bebimos mucho, hablamos, pensamos y reímos acerca de las cosas que nos preocupan como individuos y como pueblo, llamamos a algunos por teléfono inoportuna pero amorosamente, y luego hasta salimos de marchuca con los muchachos (la Reina, discreta, se abstuvo), tomándonos más whiskys todavía en el Dolce Café y el Maruja Limón, al que tuve que sacar una foto en honor a Llopis. Y toda esa panda trabajaba religiosamente al día siguiente... Lo que yo digo: España es agotadora. Que viva. Y salud y felicidad a todos mis queridos amigos, que tanto contribuyen a las mías.












Todas las fotos del viaje:

Albacete - Valencia

2008/02/24

Cena a orillas del Amstel

No hay sitio como Amsterdam para no ser estirado. Ni en el lugar más elegante de la ciudad el servicio y la clientela logran abandonar ese aire mundano y cordial, casi chabacano, que caracteriza a los neerlandeses. Seguro que eso contribuye a mi felicidad. La semana de mi cumpleaños fue tan activa que no he tenido tiempo de contaros todo lo que hicimos: además de la fiesta y del ballet, Mara me llevó una noche a cenar al restaurante La Rive en el Amstel Hotel, un sitio muy chic con una estrella Michelín. Yo soy muy pueblerino y creo que no tiene nada que ver con Casa Marcelo (de eso éramos los dos muy conscientes, grandes fans de la cocina española y olé) pero aún así se come entre rico y muy rico, y lo pasamos lerendi.



Mara me llevó de sorpresa sin decirme a dónde íbamos, pero sí me recomendó que por una vez me pusiese mi traje elegante, que no iba a desentonar. Eso ya me hizo sospechar. Era cierto, todo el mundo iba trajeado y encorbatado, los camareros de pingüino y guantes blancos, y el sumiller (un tipo genial, de llevárselo para casa) hasta con broche dorado de racimo de uvas. La pera. Cuando llegó el carrito de los quesos con el postre no me pude contener y, abandonando los buenos modales, saqué de cámara de fotos y di rienda suelta a mi instinto paleto. Sin flash, eso sí, para no llamar la atención y no avergonzar más todavía a mi paciente esposa, pero con la ilusión de contároslo todo luego con pelos, señales, e ilustraciones.



La selección de quesos del día era la leche. Casi todos de leche cruda, así que Mara se quedó sin probarlos, pues su estado le impide tomar nada que no esté cocinado o pasteurizado, pero yo me lancé a ellos dejándome llevar, una vez sugerí que me pusiesen de los más apestosillos.





Lo cierto es que estábamos muy cansados (era un miércoles de una semana intensa) pero a pesar de las caras seriotas que mostramos en las fotos lo disfrutamos mucho y lo pasamos muy bien haciendo de señoritos. Tomamos nota de todo para poder contarlo aquí con detalle, pensando sobre todo en Llopis y Germán. Antes de llegar a los quesos disfrutamos de lo siguiente:


  • Entrantes: aceitunas rebozadas, láminas de verduras, galletas de queso (normalito).

  • Primero: vichisuás de puerro y patata, flan de rodaballo, croquetilla de cordero con feta sobre lecho de cuscús (delicioso)

  • Segundo: raviolo de wagyu (vaca japonesa) con salsa de setas (una pasada).

  • Tercero: salmón ahumado en la casa y emperifollado, con salsa de tomate (no tomate frito, no se crean) y bulgur. (¿Sabían que el perifollo o cerafolio es una hierba parecida al perejil? Yo lo acabo de aprender escribiendo esta entrada, traduciendo el kervel que nos pusieron). (Esto era otra vez normalito, aunque el salmón estaba muy bien ahumado).

  • Cuarto: bacalao con marisco y salsilla de caldeirada (bouillabaisse para los finos). (Otra vez delicioso).

  • Quinto: Mara tomó pollo con trufa (ralladuras de unas trufas enormes, mayores que pelotas de golf, que tenía en una urna en medio del salón), yo ternera con puré de patatas y verduras. (Otra vez normalito).

  • Postre uno: aquí yo me derretí con los quesos (el más impresionante uno de moho rojo -roodschimmel- que quitaba el aliento y te daba uno nuevo), y Mara ya ni me acuerdo.

  • Postre dos: espuma de maracuyá y panacota de lima con crumble de mango. (De chuparse los dedos)

  • Postre tres: poffertje (panquequito) con helado de pistacho, y pomelo con gengibre y espuma de oporto. (Lo primero flojito, pero el pomelo era una pasada)

  • Café con mignardises (nada del otro mundo, pero lucen mucho en la foto).

  • Vinos: Mara se abstuvo, a mí me pusieron una selección muy bien servida y explicada, casi una copa con cada plato: rosado, blanco, tintos, Porto colheita 86, eiswein. Salí de allí fino. No recuerdo ningún nombre, pero eran todos impresionantes.





Al salir logré mantener la compostura y no me tambaleé demasiado, e intenté ocultar la sonrisa de felicidad para parecer más James Bond. Quería sacar fotos del vestíbulo del hotel, que es bien chulo, pero entonces apareció gente del personal y me corté un poco. El botones nos trajo los abrigos, nos los puso ceremonioso, nos preguntó si estaba todo a nuestro gusto y si nos llamaba a un taxi, y le confesamos que no, que habíamos venido en bici, y que así nos íbamos tan contentos, haciendo la digestión y cantando "loloroló" por el camino, famosa canción que une a los Países Bajos con Hispania en un todo único e indisoluble.


Tengo muchas más cosas de contar de los últimos días, pero tendrán que esperar su turno. Les anticipo un poquito: estuve en España a mediados de semana, y aún no me he repuesto ni física ni emocionalmente.

¡Besos a todos!

2008/02/16

Coppélia

Ustedes, que son más cultos que la media de los lectores de este blog, sabrán seguramente que la familia Delibes ha proporcionado un buen puñado de benefactores a esta humanidad tan nuestra, especialmente en la modalidad de artista popular, aunque no sólo. Está por ejemplo Miguel, escritor vallisoletano apreciado por las masas por esa chispa suya tan castellana, y que llegó a estar incluso en la lista de los trescientos más vendidos en el año 1999. Este Delibes se maneja con soltura entre la novela ligera y entusiasmada y el romanticismo más convencional, favoritos de las multitudes (sólo los esnobs se deleitan con Dan Brown), aunque según sus minoritarios detractores siempre con escaso compromiso social o político. Como si a alguien le importase. Sus obras más conocidas, La sombra del ciprés es alargada o Cinco horas con Mario, son auténticos cantos a la inocencia y a la ilusión de la aventura de la vida. En El hereje, obra de madurez, contempla con optimismo los actuales conflictos perspectivistas de nuestro mundo globalizado, mostrando cómo en realidad siempre han estado ahí y nunca ha sido para tanto.

Un tío abuelo suyo no reconocido, Léo Delibes, fue también famoso en su momento al otro lado de los Pirineos (para los que creen que eso existe: para los otros todo esto es literatura, invención, no se me alteren) por sus composiciones musicales, no tan populares y alegres, pero con una gran carga destructiva de nuestras limitaciones físicas y que transportan al oyente a niveles profundos del subconsciente, haciéndole enfrentarse con sus fantasmas más terribles. La onda expansiva de este León de la música traspasa el arte: además de lo obvio de su influencia en Tchaikovsky, Debussy, Dylan, Jethro Tull o Marilyn Manson, es bien conocido que el Dr. Freud utilizó, durante el proceso de desarrollo de su teoría del psicoanálisis, orquestas de cámara interpretando piezas de este otro Delibes en el vestíbulo de su consulta como música incidental, tanto durante la investigaciones experimentales con sus pacientes como durante los procesos reflexivos y de escritura. Algunos ingenuos consideran todavía que esto era sólo un capricho estético o un método de distensión, el equivalente a llevar el iPod hoy en día sin hacerle mucho caso, pero para la mayoría de los estudiosos es evidente que sin ese impulso creativo tan iluminador y tenebroso al mismo tiempo, tan agitador de las miserias del alma que es la música de Delibes, el bueno de Sigmund sería hoy un completo desconocido.

Todo esta introducción mentirosa es para descontextualizarles un poco. El pasado jueves mi amada esposa me llevó secretamente al Muziektheater a ver el estreno de Coppélia, una producción de nueva factura de Het Nationale Ballet con coreografía de Ted Brandsen basada en el ballet clásico con música de Delibes. Me lo ocultó hasta el último momento para que la impresión fuese todavía mayor. Os lo aseguro: es un espectáculo que vale la pena. Es como ver una peli de Tim Burton, un cómic dibujado en ligne claire con toques de Miguelanxo Prado, un libro infantil ilustrado por Fiep Westendorp, una recreación de Grease en 1870, todo a la vez. El mérito visual en cuanto a decorados y vestuario es del dibujante Sieb Posthuma, pero todo el chou es impresionante.

La historia trata de un misterioso y estirado inventor con perilla, el doctor Coppélius, que en su clínica de cirugía estética tiene una muñeca danzante de tamaño real, Coppélia. Tan humana parece que Frans (Paco), un muchacho del pueblo, se enamora de ella, dejando de lado a su prometida Zwaantje (Cisnecita). Esta no se resigna al abandono y entra en la macabra clínica en pos de su amado, descubriendo sus terribles secretos. El final es más espantoso de lo que puedan imaginar, pero se lo ahorro por si pueden disfrutarlo en directo.

En YouTube tienen unos trocitos de los ensayos generales, con los que les dejo para terminar. Parece que falta en ellos algo de iluminación, y desde luego se echa de menos el calor del público que aplaudía hasta reventar a la menor excusa (y había varias), pero a pesar de que no muestran la función en todo su esplendor sirven para dar una idea de lo que les hablo. Prueben si pueden una pizquita de lo muchísimo que yo disfruté. No es broma: si pillan este ballet cerca, no lo dejen pasar.



El plano medio al final, acercándose el zoom a la bailarina, tiene su justificación dramática: a pesar de las apariencias esa que baila no es Coppélia, sino Zwaantje disfrazada de ella engañando al doctor para poder rescatar al pendón de su novio. En los vídeos siguientes podemos ver a los habitantes del pueblo, amigos de Frans y Zwaantje, bailando de contento en torno a los protagonistas.





Esta es la Coppélia verdadera cuando las amigas de Zwaantje la descubren en su caja de muñecos, desvelándose así el secreto de su naturaleza (con gran sorpresa del respetable):



2008/02/11

Late



Tiene cabeza, cerebro, manos y piernas, y le late el corazón.

2008/02/10

Fiesta de cumpleaños

Es una pena que muchos de los que me leéis no hayáis podido venir a la fiesta, y que muchos de los que vinieron no lean jamás este blog, así que no sé si las fotos y las anécdotas serán de interés para alguien, pero os cuento que ayer sábado celebramos con antelación mi cumpleaños con una fiesta en Pariamán, en la que estábamos treina y una personas entre cero y sesenta años. Algunos allegados no pudieron venir por problemas de salud o conyugales, pero todos los que estábamos hacíamos buena compañía. Seguramente algunos de vosotros reconoceréis en las fotos a algunos de los asistentes.

Vinieron mis colegas del trabajo (Marijn, Edwin y Wouter, con Anneliese, que ya no es becaria en la empresa, pero que ahora es el amor de su vida), que conocieron así a Oded, antiguo compañero que estaba cuando yo entré y que pertenece a una hornada anterior de programadores, de modo que los nuevos sólo habían oído hablar de él. Desde Tilburg vinieron Clara y Lía (Carlos estaba enfermo), y desde Oregón (EE.UU.) vino Ágata, que pilló a Matijs por el camino. Vinieron también varios chicos y chicas de la panda de Mara, y de la panda de Nike (gente muy maja que conocí a través de Ágata y Maruxa), aunque estos están cada vez más desperdigados y no todos trabajan ya en esa empresota. Rafa, por ejemplo, acaba de irse a TomTom, y Ana se ha fugado a Reebok para escándalo de algunas. Pili se fue hace ya tiempo, tanto que ya ha tenido ocasión de hartarse de su nuevo trabajo. Cada vez tengo menos motivos para cruzar la vía del tren e irme a comer a Nike una vez a la semana, pero mientras Sergi (que no pudo venir, como tampoco Marta) siga organizándolo seguiré animándome: siempre es agradable cambiar de aires y tratar con gente hispana.

La invitada más joven era Mirella, nacida hace un mes. Para muchos era también la más guapa: es una mestiza lindísima, con un pelo negro precioso. Como contaba con la asistencia de algunos niños puse la fiesta temprano, a las seis, y mi mujer (que tiene unos rasgos de carácter claramente compatibles con Bree, ya saben, la de Desperate Housewives, y es una anfitriona entregadísima) se pasó todo el día preparando comiditas para que todo el mundo cenase a gusto. Y eso hicimos. El empezar tan pronto y el que hubiese otras fiestas a las que acudir por la ciudad adelante hizo que la mayoría se retirase antes de las doce, pero al final nos quedamos hasta casi las dos de la mañana con Andrés y Meintje tomando caipirinhas instantáneas (les daré la receta otro día, están casi igual de buenas, sobre todo al final de la noche, y se hacen en un plisplás) y hablando de todo un poco. Por cortesía hacia Meintje gran parte de la conversación fue en neerlandés, de lo cual me siento muy orgulloso. Las fiestas son siempre los contextos en que más me suelto, y si ya puedo hablar holandés por consideración a otros es que empiezo a estar razonablemente integrado. Eso no me exime de currármelo más y corregirme mucho, no vaya a creérmelo, pero es un punto extra.

He tenido regalitos chulos. Un microscopio de bolsillo (como el que se compró Álex), vales para libros, libros propiamente dichos (entre otros The boy in the Striped Pyjamas, que llevaba buscando en librerías y bibliotecas públicas desde que me lo recomendaron hace semanas, y que no había logrado encontrar, quizá por muy solicitado), un par de discos muy buenos (el de la peli sobre Bob Dylan I'm not here, que hay que ir a ver, y Jazz in the City, a beautiful day in the big apple with Gare du Nord, según Rafa que me lo regaló "música para gays, espero que te guste"), y un montón de botellas de vino, whisky y cognac: la gente me va conociendo. A Mara Clara le ha traído un bolsón de ropa de premamá y también está muy contenta.

No sigo escribiendo porque hoy no estoy muy inspirado. Todo esto quizá os importe un pepino. Os dejo con las fotos, y nosotros nos vamos a cenar las sobras de ayer (bien ricas) mientras nos vemos un House.







Estas fotos son del final de la noche, cuando ya no quedaba nadie. Sólo entonces, en la intimidad, bailo de contento.



El resto de las fotos está en Picasa:

Cumple Jose 2008