No hay sitio como Amsterdam para no ser estirado. Ni en el lugar más elegante de la ciudad el servicio y la clientela logran abandonar ese aire mundano y cordial, casi chabacano, que caracteriza a los neerlandeses. Seguro que eso contribuye a mi felicidad. La semana de mi cumpleaños fue tan activa que no he tenido tiempo de contaros todo lo que hicimos: además de la fiesta y del ballet, Mara me llevó una noche a cenar al restaurante La Rive en el Amstel Hotel, un sitio muy chic con una estrella Michelín. Yo soy muy pueblerino y creo que no tiene nada que ver con Casa Marcelo (de eso éramos los dos muy conscientes, grandes fans de la cocina española y olé) pero aún así se come entre rico y muy rico, y lo pasamos lerendi.
Mara me llevó de sorpresa sin decirme a dónde íbamos, pero sí me recomendó que por una vez me pusiese mi traje elegante, que no iba a desentonar. Eso ya me hizo sospechar. Era cierto, todo el mundo iba trajeado y encorbatado, los camareros de pingüino y guantes blancos, y el sumiller (un tipo genial, de llevárselo para casa) hasta con broche dorado de racimo de uvas. La pera. Cuando llegó el carrito de los quesos con el postre no me pude contener y, abandonando los buenos modales, saqué de cámara de fotos y di rienda suelta a mi instinto paleto. Sin flash, eso sí, para no llamar la atención y no avergonzar más todavía a mi paciente esposa, pero con la ilusión de contároslo todo luego con pelos, señales, e ilustraciones.
La selección de quesos del día era la leche. Casi todos de leche cruda, así que Mara se quedó sin probarlos, pues su estado le impide tomar nada que no esté cocinado o pasteurizado, pero yo me lancé a ellos dejándome llevar, una vez sugerí que me pusiesen de los más apestosillos.

Lo cierto es que estábamos muy cansados (era un miércoles de una semana intensa) pero a pesar de las caras seriotas que mostramos en las fotos lo disfrutamos mucho y lo pasamos muy bien haciendo de señoritos. Tomamos nota de todo para poder contarlo aquí con detalle, pensando sobre todo en Llopis y Germán. Antes de llegar a los quesos disfrutamos de lo siguiente:
- Entrantes: aceitunas rebozadas, láminas de verduras, galletas de queso (normalito).
- Primero: vichisuás de puerro y patata, flan de rodaballo, croquetilla de cordero con feta sobre lecho de cuscús (delicioso)
- Segundo: raviolo de wagyu (vaca japonesa) con salsa de setas (una pasada).
- Tercero: salmón ahumado en la casa y emperifollado, con salsa de tomate (no tomate frito, no se crean) y bulgur. (¿Sabían que el perifollo o cerafolio es una hierba parecida al perejil? Yo lo acabo de aprender escribiendo esta entrada, traduciendo el kervel que nos pusieron). (Esto era otra vez normalito, aunque el salmón estaba muy bien ahumado).
- Cuarto: bacalao con marisco y salsilla de caldeirada (bouillabaisse para los finos). (Otra vez delicioso).
- Quinto: Mara tomó pollo con trufa (ralladuras de unas trufas enormes, mayores que pelotas de golf, que tenía en una urna en medio del salón), yo ternera con puré de patatas y verduras. (Otra vez normalito).
- Postre uno: aquí yo me derretí con los quesos (el más impresionante uno de moho rojo -roodschimmel- que quitaba el aliento y te daba uno nuevo), y Mara ya ni me acuerdo.
- Postre dos: espuma de maracuyá y panacota de lima con crumble de mango. (De chuparse los dedos)
- Postre tres: poffertje (panquequito) con helado de pistacho, y pomelo con gengibre y espuma de oporto. (Lo primero flojito, pero el pomelo era una pasada)
- Café con mignardises (nada del otro mundo, pero lucen mucho en la foto).
- Vinos: Mara se abstuvo, a mí me pusieron una selección muy bien servida y explicada, casi una copa con cada plato: rosado, blanco, tintos, Porto colheita 86, eiswein. Salí de allí fino. No recuerdo ningún nombre, pero eran todos impresionantes.

Al salir logré mantener la compostura y no me tambaleé demasiado, e intenté ocultar la sonrisa de felicidad para parecer más James Bond. Quería sacar fotos del vestíbulo del hotel, que es bien chulo, pero entonces apareció gente del personal y me corté un poco. El botones nos trajo los abrigos, nos los puso ceremonioso, nos preguntó si estaba todo a nuestro gusto y si nos llamaba a un taxi, y le confesamos que no, que habíamos venido en bici, y que así nos íbamos tan contentos, haciendo la digestión y cantando "loloroló" por el camino, famosa canción que une a los Países Bajos con Hispania en un todo único e indisoluble.
Tengo muchas más cosas de contar de los últimos días, pero tendrán que esperar su turno. Les anticipo un poquito: estuve en España a mediados de semana, y aún no me he repuesto ni física ni emocionalmente.
¡Besos a todos!
1 opmerking:
Tu aprovecha José, que estos homenajes no los vas a tener de papá, que te lo digo yo... o al menos no van a ser iguales.
Bicos
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