En realidad la primera semana pasó ya hace días, pero no hay tiempo para casi nada superfluo así que hasta ahora he ido optando por lo más rápido, colgar unas cuantas fotos. El tiempo para perder desaparece deliciosamente mientras se aprovechan los minutos para lo que realmente importa: comer, cambiar pañales, dormir, mirarle todo el rato. (Lo otro en cualquier orden, siempre cambiante).
Mi bici sigue en el hospital, allí se quedó cuando fui a buscarlos a los dos en la mañana siguiente al parto y no he encontrado un intre para ir a recogerla. Confío en que la bici esté bien y que le den el alta pronto.
Intentamos acostarnos temprano, a veces a las nueve, para aprovechar las horas nocturnas y dormir lo máximo posible. Iago es muy tranquilo y sólo gime para pedir cosas concretas, pero las pide cada dos o tres horas.
Cuando la mayoría de los bebés pierden cincuenta gramos en su primera semana de vida, Iago ganó ciento cincuenta. La verdad es que su metabolismo parece ir afinándose divinamente. Lo más difícil de ser padre es estar atento para cazar sus meadas al vuelo cada vez que le cambias el pañal: parece que sólo quisiese mear cuando se siente liberado, y entonces lo hace con ímpetu y en direcciones arbitrarias. Al principio se quejaba mucho al desnudarle, seguramente por frío, pero ahora se queda tranquilísimo con la cabeza volteada mirando a la distancia, y yo me imagino que se embelesa con el mural que le he pintado en la pared de enfrente. A saber. No creo que su vista alcance para tanto, pero quizá sí ve la variedad de colores.
El primer disco que le pusimos fue Ascenseur por l'échafaud de Miles Davis y fue todo un éxito, aunque también le gustan el fado y el flamenquito. Se duerme tiernamente si le canto "Debajo un botón" o "Un tiro al aire".
Están los dos guapísimos, madre e hijo.
Los detalles del parto se los contaré a mis amigotes (ellos y ellas) en persona, cuando por fin nos veamos en un bar algún día de estos. Tengo muchas ganas de compartirlos, pero no sé si podría escribir sobre ello como se merece. Mi mujer lo sobrellevó con tanta valentía y entereza, lo hizo tan bien y tan rápido, que casi parecía fácil. No lo fue en absoluto. Su madre lo parió con grandes trabajos y sin anestesia, y cuando de repente él salió al mundo mirándonos a los dos fijamente y emitiendo dulces soniditos que no se pueden llamar llanto, Mara me apretó mucho la mano y me dijo con voz dulce y temblorosa, con una sonrisa, mirándome a los ojos, agotada pero orgullosa: "lo he hecho".
Me atraganto. ¿Se dan cuenta de lo importante que fue eso? El parto fue muy emotivo y las complicaciones lo hicieron muy tenso, y eso había que llorarlo a gusto después para difuminar todo en la memoria, pero ese momento en que Mara se dirigió a mí es indeleble y nítido. Me sentí elegido, radiante: ella me ha escogido para compartir todo aquello, y de todos los seres del universo soy yo el que la sujeta de la mano y recibe en secreto su suspiro de satisfacción. Aparta un segundo la mirada de Iago sobre su pecho (no era Iago hasta ese mismo instante) para fijarla, a través de mis ojos, en el interior de mi alma, con esa facilidad que ella tiene para mirar almas. Sólo a mí me lo cuenta: "lo he hecho", y me sonríe, y ya no puedo escribir más.
2008/09/11
Primera semana
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3 opmerkingen:
¡Calla, calla, que me voy a poner a llorar yo también!
Besos, Laura
Están guapísimos!!!
Y no me hagas llorar, que estoy en el trabajo...
Viva Iago Mateo!!!!!
Porque no se va a acordar de ese momento que si lo hiciese, nos conaría también lo valiente que fue.
Al mio le gusta la banda sonora de "Saturday Night", no me preguntes por que.
Besos
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